InicioEl olivoEl acebuche: un árbol que es mucho más que un olivo silvestre

El acebuche: un árbol que es mucho más que un olivo silvestre

Según la mitología griega, Zeus resolvió un día conceder la protección y el dominio de Grecia al dios que fuese capaz de aportar el regalo más provechoso a los hombres. Poseidón y Atenea aceptaron el reto. El primero regaló al hombre el caballo, y saboreando la victoria vio acercarse lentamente a Atenea con una ramita entre sus manos.

Esta ramita se encontraba retorcida y adornada con pequeñas hojas color verde y plata, a lo que la diosa se detuvo y comenzó a exponer las virtudes de la planta. Su fruto dará fuerza al organismo, aliviará a los enfermos e iluminará las noches de los seres humanos, comenzó a decir. Inmediatamente Zeus la declaró vencedora, cediéndole la soberanía de la nación griega. Era una rama de olivo.

Poseidón, en despecho, hizo brotar agua de una piedra (lo que no impresionó a Zeus), y Atenea aprovecharía dicha fuente para sembrar el primer olivo en su orilla. La ciudad donde éste se encontraba se llamó Atenas en honor a la diosa y los atenienses veneraron este árbol durante los siglos que prosperó y fructificó allí, al lado de ese manantial en la Acrópolis de su ciudad.

Si diéramos por cierta esta historia, de seguro este primer olivo sería un acebuche. Lo que sí es seguro, es que a todas partes donde los griegos establecieron colonias llevaron su árbol favorito, cuyo cultivo era considerado entre las cosas más prudentes que cualquier colono o propietario podía hacer.

No menos honores le tributaron los romanos, tanto que el mito expuesto al principio puede encontrarse romanizado en las Geórgicas, cantos a la agricultura que el poeta Virgilio escribió en el año 29 a. C. Poseidón ahora convertido en el dios Neptuno y Atenea en Minerva, la diosa romana de la sabiduría.

¿Qué es realmente un acebuche?

Impresiona sobremanera la cantidad de significados que encierra éste término. En primer lugar se denomina acebuche a una variedad de olivo, cuyo nombre científico es Olea europaea var. silvestris, que se piensa es la especie primordial de la cual se derivaron el resto de las variedades actualmente conocidas.

Pero si las semillas de una variedad cualquiera son dejadas germinar, crecer y prosperar sin cuidados humanos (como ocurre naturalmente en los linderos de los olivares), el resultado es una planta de pequeño porte y poca producción que recibe también el calificativo de acebuche, o el de olivo borde.

Por último, si a un olivar que ha sido correctamente injertado y cuidado hasta llegar a la madurez se le abandona a su suerte por muchos años, se dice que se “acebucha” con el tiempo. Este misterioso fenómeno tiene una explicación científica.

Acebuche se nace, pero también se hace

Aprovechando la proverbial fuerza y resistencia a la sequía de las raíces y el tronco del acebuche, algunos agricultores suelen usarlo de portainjerto (también llamado pie o patrón) para injertar ramas de variedades conocidas y apreciadas.

Entre los cuidados anuales que se les dan a los olivos para aumentar su productividad, está la poda de las ramas viejas o muy cercanas entre sí. La poda también sirve para mantener el tamaño y la forma de la copa del olivo.

Durante este procedimiento, el encargado también eliminará cualquier brote que aparezca por debajo del injerto, brotando desde el patrón. En algunas regiones se les llama varetas a estos brotes y desvaretado del olivo al procedimiento de cortarlos.

Sin esta operación, en apariencia insignificante, los chupones o brotes del patrón crecerán y darán sombra a las ramas que crecen desde el injerto, lo que junto a los nutrientes que son desviados a las nuevas ramas termina convirtiendo al árbol en un acebuche en pocos años.

¿Cómo distinguir un acebuche de un olivo?

El acebuche típico es un árbol pequeño o un arbusto, de no más de 6 metros de alto. Sus tallos son algo más recios y robustos, y sus hojas son más pequeñas y ovaladas de un verde más intenso cuando se comparan con una variedad cultivada. Algunos ejemplares incluso desarrollan espinas.

Pueden llegar a agruparse hasta formar verdaderos matorrales cerrados, pues las semillas tienen la libertad de germinar y crecer en la proximidad del árbol madre. En otras partes se asocia naturalmente a las encinas, algarrobos, quejigos y alcornoques típicos del bosque mediterráneo.

Su fruto, la acebuchina, es una pequeña aceituna carnosa y verde que se oscurece a marrón o negro al madurar. Comparadas con una aceituna tienen menos carne y más hueso, pero ello se compensa cuando se producen en gran número sin requerir cuidado alguno.

Las acebuchinas son muy atractivas para las aves en otoño, cuando las ingieren para completar las reservas de grasa, bien sea para pasar el invierno o antes de emprender largas migraciones hacia el sur.

La madera del acebuche es densa, resistente y flexible. Los pastores y campesinos tienen predilección por las varas de acebuche, pues como dice el proverbio: «Al acebuche no hay palo que le luche».

El acebuche en la cultura popular y en la historia

Los pastores de ovejas han sabido apreciar el olivo silvestre, porque sus hojas y frutos son de gran provecho para sus rebaños cuando los pastos no son suficientes. Las ovejas y cabras gustan de ramonear los brotes bajos de los acebuches que encuentran.

Los criadores de cerdos varean y sacuden los acebuches para complementar la alimentación de sus animales con sus frutos. Los cerdos tienen una especial predilección por la acebuchina y su consumo no le confiere a la carne ningún sabor desagradable.

Como referimos anteriormente, para los pastores una buena rama de acebuche es la mejor y más fiel vara que se puede desear. Por esta razón en algunas regiones de España, la palabra acebuche es otro sinónimo para una vara o garrote.

La madera de este olivo silvestre también se utiliza como mango de herramientas; palas, azadas y hachas. Y en general para cualquier aplicación que requiera una gran resistencia e impermeabilidad. En la Edad Media incluso se llegó a usar para construir canalizaciones de agua dentro de las casas.

El aceite de acebuche, un tesoro de emperadores

El olivo que trajeron los fenicios a la península ibérica hace 3000 años es, casi sin ninguna duda, muy parecido al acebuche que aún puebla nuestros campos y montes. Cuando los romanos introdujeron las técnicas griegas de olivicultura, los primeros pies sembrados eran de seguro descendientes de estas plantas fenicias.

Ya en ese entonces existían cultivares domesticados, pero algunos historiadores afirman que los emperadores romanos encargaban ánforas de aceite de acebuche especialmente para su uso personal, como humectante del cuerpo y el cabello.

El futuro del acebuche

Algunos molinos están produciendo pequeñas partidas de aceite de acebuche, tanto para el consumo de la industria cosmética como para el ámbito gastronómico, donde se le considera un producto de lujo.

Existen dos limitaciones que frenan la popularización de este aceite. La primera es el costo de la mano de obra que requiere su cosecha, pues los acebuches más productivos se encuentran en terrenos escarpados y la forma de sus ramas dificulta su recolecta.

La segunda limitación es el contenido de aceite de la acebuchina, que ronda el 10%, lo que representa menos de la mitad en relación a las olivas cultivadas, por lo que no es raro ver lotes en los que se obtenga rendimientos de hasta 24% en peso.

Por otro lado, los estudios del Instituto de la Grasa de Sevilla han confirmado que el contenido de antioxidantes naturales (tocoferoles) en el aceite de olivos silvestres, es más del doble que en los olivos cultivados.

Los catadores afirman que el aceite de acebuche tiene una profundidad en el sabor que es difícil de encontrar en el aceite de oliva. Sus toques aromáticos a tomillo pueden transportar al que lo consume a un plácido paseo por un campo otoñal al atardecer.

Quizás su destino sea continuar como un tesoro de emperadores, o quizás de dioses. Tal vez esta era la intención de Atenea, que por algo era la diosa de la sabiduría y la estrategia.

 

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